Otoñanzas V: Mesas

العرائش نيوز:

Otoñanzas V: Mesas

بقلم: إيميليو كاسترو

صحفي و مصوّر سابق بجريدة “لافان جوارديا”

Por Emilio Castro  

-fotoperiodista en el periodico  “la Vanguardia

 

 

Todas las mesas vacías, toda la terraza en silencio, todo era frio sin baja temperatura. No llovía pero la humedad lo inundaba todo. Nada tendría de especial aquel día, de no ser porque era el aniversario de otro día de otoño, el día que se conocieron. Cinco años que habían transformado la pasión y el miedo inicial en distancia casi confortable.
Qué nervioso estaba Pedro aquella tarde de otoño, cómo temblaban las manos de Rosa. Cuánto costó arrancar la pr
imera conversación torpe y llena de obviedades recurrentes. Medían las palabras con mucho cuidado para no caer en ninguna incorrección, temiendo hacer el ridículo.
Aunque a Rosa no le gustaban los hombres con barba, se dio cuenta que le gustaba ese hombre con esa barba. Pedro se fijó en como Rosa peinaba el aire con sus pestañas. No podía mirarla durante mucho tiempo. La mente se le quedaba en blanco y no brotaban las palabras necesarias para seducirla.

Aquella tarde las cosas acabaron como empiezan las grandes historias de amor. Deseo contra deseo, roce inquieto contra piel temblorosa. Él se adelantó y decidió besarla. A ella le hubiera gustado llevar la iniciativa.
El tiempo se detuvo entonces, lo hizo para siempre. Nunca tendrían la misma sensación de sorpresa, nunca sería tan aventurado un segundo entre ellos. Nunca las hormonas volverían a tomar el control de esa manera.
Hoy el camarero miraba aburrido el reloj, la tarde caía, la mesa siete, la de siempre, seguía vacía como todas las demás. Se retrasaban. Dentro en el bar ya había sonado su canción favorita un par de veces. Otis Redding llevaba toda la tarde sentado en un muelle de la bahía.
Algo moría aquella tarde, ninguno de los dos pudo reunir el valor suficiente para acudir a la cita. Ambos pensaron que su ausencia era mucho más elocuente que las palabras. Que el otro lo comprendería en seguida.
A las nueve en punto el camarero empezó a recoger despacio una a una las mesas como si esperase aún que aparecieran. Pero no ocurrió nada, nada más que un adiós silencioso, sin gestos, sin palabras huecas, sin manidos reproches, sin una sola lágrima. Un adiós que ni siquiera parecía una despedida. Con el tiempo la mesa siete se fue llenando de otras historias, charlas de negocios, conversaciones entre amigos, cervezas con tapa y cafés cortados.
Las mesas vacías fueron testigos mudos de aquel cuento que acabó como había empezado, en silencio, en el silencio cómplice de una tarde de otoño
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